Todavía se desconoce la cantidad exacta de robles que fueron removidos y su paradero. Una desordenada y antiestética fila de 130 palmeras amontonadas en Alhambra Circle, Aragon y Bird Road dan fé del costoso intercambio de robles por palmeras que sólo ha conseguido romper con la belleza escénica; privar de cobijo y alimento a especies nativas del Sur de la Florida que dependían de estos robles para su sustento; y, además, nos deja sin la sombra, la producción de oxígeno y la captura de carbono que brindaban los robles.

No sólo los residentes de Coral Gables son dolientes, sino todos los residentes de este hermoso Condado y los turistas que disfrutan en demasía del paisajismo que ofrecen los grandes iconos de Coral Gables, los Robles. Un símbolo patrio, un legado verde que nos enorgullece y nos llena de vida al transitar sus calles, se ve mutilado por decisiones arbitrarias y completamente anti natura.

Que equivocados estamos. Lecciones sobradamente no aprendidas nos impactan cada día. Los exabruptos que comete la administración se pierden en la dimensión del impacto que están causando a la salud, el ambiente y la economía. El valor de elementos del paisaje como los árboles para el desarrollo emocional es indiscutible por el impacto positivo en la salud, el bienestar y la productividad. Pero, además, el valor ecológico de árboles como el roble se pierde de vista, especialmente en estos tiempos en los que es crucial asegurarse de causar el menor impacto posible al Planeta.

Las bondades del paisajismo llegan hasta el factor económico, un buen diseño de las áreas libres es una efectiva herramienta de venta que revierte beneficios económicos. Basta con señalar que los costos de los inmuebles en Coral Gables están íntimamente relacionados con el paisajismo.

La reflexión es muy sencilla, el Gobierno constituye el centro desde el cual se ejerce el poder político sobre una sociedad a través de las políticas públicas y acatando las leyes, el Gobierno de Coral Gables, en este caso, es el responsable de ejercer ese poder en su jurisdicción. Cómo es posible que una decisión trascendental para el desarrollo de esta ciudad se dé sin que medie el consenso entre las partes interesadas. Es decir, sin que medie una consulta pública validada por la convocatoria, que nos asegure que el bien común está por encima de cualquier otro interés.

No se trata de una decisión política antipopular sino de una decisión política contraria a los intereses del colectivo. Dos cosas muy diferentes que tenemos no solo que diferenciar sino que entender en su dimensión. Algo está mal en nuestro ordenamiento jurídico y en la forma en la que se ejecutan las decisiones cuando un caso como este pasa sin derecho al pataleo.

¿Qué pasará con las dichosas palmeras, además plantadas en temporada de huracanes?

Siempre hay que recordarle a nuestros gobernantes que la toma de decisiones no es a capricho, que la participación en la toma de decisiones es vinculante y no arbitraria.

¡Debemos participar, no que se nos participen qué…!

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