El derecho humano a vivir en un ambiente sano y ecológicamente equilibrado no ha sido consagrado explícitamente en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, en aquel momento histórico, la visión no estaba tan arraigada como ahora pero por tratarse de un acuerdo dinámico o abierto, su contenido siempre será susceptible de actualizar y mejorar.

Los derechos humanos no se limitan a lo que se señala en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Por el contrario, la naturaleza de los principios generales que consagraron esta primera generación de los Derechos Humanos, ha conllevado a la progresiva inclusión de nuevos derechos.

De manera implícita en el Preámbulo de la Declaración podemos identificar el derecho humano a un ambiente sano y ecológicamente equilibrado cuando hace referencia a que los pueblos “se han declarado resueltos a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de libertad”.

En relación con esto, es indudable que el deterioro del ambiente no favorece el progreso social ni contribuye a elevar el nivel de vida de la humanidad. Basta con apreciar el impacto de la contaminación de los recursos en la economía, la política y desarrollo social para entender como ésta afecta el bienestar.

Para garantizar el derecho a la salud, es vital un ambiente sano y ecológicamente equilibrado. Artículo 25 de la Declaración: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, a sí mismo y a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios”.

El vínculo directo entre el ambiente y la calidad de vida de las personas, hace que el respeto de este derecho a un ambiente sano sea una condición necesaria para el disfrute y ejercicio del resto de los derechos.

Según estimaciones de la OMS, uno de los mayores riesgos sanitarios en las ciudades y zonas rurales del mundo es la contaminación atmosférica que provoca 3,7 millones de defunciones prematuras al año, equiparables a los riesgos que se relacionan con el consumo de tabaco, y con la hipertensión y la nutrición.

Estas muertes provocadas por la contaminación del aire se deben en un 80% a cardiopatías isquémicas y accidentes cerebrovasculares, en un 14% a neumopatías obstructivas crónicas o infecciones agudas de las vías respiratorias y un 6% a cáncer de pulmón.

La contaminación del aire es carcinógena para el ser humano, y las partículas del aire contaminado están estrechamente relacionadas con la creciente incidencia del cáncer de pulmón, y con el aumento del cáncer de las vías urinarias y la vejiga.

Por eso y porque la contaminación del aire también contribuye al Cambio Climático debemos asegurarnos de tomar acción para evitar la contaminación del aire y con ello asegurar nuestro bienestar.